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Las ventajas del amor al bebe


Las madres que inundan a sus hijos de cariño durante las primeras etapas de esa frágil vida recién venida al mundo, no sólo hacen que el niño sea más feliz y confiado, sino que además le proporcionan un escudo contra las infecciones, las enfermedades y las psicopatologías, que además queda impreso en el ADN infantil.

"El porvenir de un hijo es siempre obra de su madre", dijo alguna vez Napoleón I Bonaparte.

Lo que no podía saber por entonces el militar y emperador francés, que vivió entre 1769-1821, es la dimensión de la influencia materna en los descendientes, la cual va más allá de lo psicológico y lo emocional, llegando a las células y genes del niño, según recientes investigaciones.

Que el cariño y el cuidado maternales benefician al pequeño y son vitales para su desarrollo es una obviedad.

No hace falta ser un lince para darse cuenta de la importancia que tienen las miradas, las caricias y la voz de una madre, para el bienestar de su pequeño retoño, el cual mantiene un nexo único con la mujer que lo ha traído al mundo.

Pero otra cosa es demostrar científicamente el impacto que estas atenciones maternales y el especial vínculo madre-hijo pueden llegar a tener en el organismo del niño, a nivel genético y celular. Esto sólo ha ocurrido recientemente, gracias a la información del organismo infantil que desvelan las nuevas tecnologías.

Un equipo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) ha demostrado de qué manera los desórdenes afectivos en la edad temprana, en concreto el estrés inmediatamente posterior al nacimiento, afectan el desarrollo de algunas estructuras nerviosas del recién nacido y a largo plazo influyen en las funciones que dichas estructuras regulan. Según este estudio, una situación estresante como la separación del recién nacido de su madre origina cambios irreversibles sobre sus procesos neurobiológicos de aprendizaje y memoria.

Las investigaciones de la UCM se efectuaron en ratas de laboratorio, un animal experimental con una dotación genética similar a la humana, que comparte con las personas muchos mecanismos psicológicos y áreas cerebrales, y en el que las dos primeras semanas de vida son decisivas para el desarrollo del cerebro.

De acuerdo al grupo de investigación que dirige la bióloga María Luisa Leret Verdú, durante esta etapa crítica las crías tienen reducida su capacidad para responder a los estímulos estresantes que podrían alterar el desarrollo del cerebro, según informa la revista científica online Plataforma Sinc.

El grupo de investigación de la UCM ha inducido el estrés en las crías, al separarlas de su madre -y de los cuidados y el entorno de protección que ésta les aporta- varias horas al día durante sus dos primeras semanas de vida. Al analizar los cambios neuroquímicos en el cerebro de los animales tras esta situación, comprobaron que el estrés postnatal produjo alteraciones relacionadas con habilidades tan comunes como el aprendizaje y la memoria, sobre todo en los machos. 

Estudios anteriores han desvelado que las situaciones de estrés durante la primera etapa de nuestra vida y los cuidados maternos deficientes en niños y animales muy jóvenes producen ciertos efectos en esos individuos cuando llegan a la adultez, como una mayor predisposición a desarrollar esquizofrenia, estados depresivos y problemas de adicción. Otra investigación con ratas de laboratorio, ha descubierto que las crías de estos animales modifican ciertos genes en función de la cantidad de cuidados maternales que reciben: a mayor cantidad de atenciones, más capacidad de respuesta al estrés desarrollan. 

De esta investigación efectuada por científicos de la Universidad de McGill, en Montreal (Canadá), y dirigida por el especialista Moshe Szyf, se desprende que una buena cantidad de amor maternal puede alterar el código genético de los recién nacidos, provocando que sean menos miedosos y sufran menos ansiedad en épocas posteriores de su existencia. 

Los experimentos con roedores recién nacidos y criados por madres que dedicaban cierto tiempo a lamerlas y asearlas, demostraron que los cuidados más intensos tienen un efecto calmante en las recién nacidas, gracias a que alteran en ellas la expresión de un gen que dirige la respuesta del cerebro ante el estrés, según los expertos canadienses. 

Según el médico pediatra y profesor de Pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid, Juan Casado Flores, "existe una relación bien definida y contrastada científicamente que evidencia que el afecto de los padres influye en la salud de los hijos. 

Los niños sin afecto tienen un sistema inmunitario más débil y contraen más infecciones". "En los antiguos orfanatos, donde los niños crecían en un entorno con un déficit crónico de afecto, se constató una mayor morbilidad por infecciones que, con el paso del tiempo, se ha comprobado que tiene relación con un debilitamiento del sistema inmunológico”, según el doctor Casado Flores.

A MÁS AFECTO MENOS INFECCIONES

En cambio –según este pediatra- “los niños que crecen con un entorno positivamente afectivo tienen un sistema inmunológico más fuerte, que les protege mejor de las infecciones e incluso tienen una talla media más alta".

"El afecto contribuye a que los hijos estén mejor nutridos, con una alimentación más variada y rica, lo que a la larga reduce su tasa de obesidad, diabetes y otras enfermedades", ha explicado el médico, que añade que el afecto con los niños puede darse de diversos modos: "desde que nace, a través de la lactancia materna o del contacto 'piel con piel' tras el parto, con palabras, caricias, arrullos, haciendo sentir al pequeño que está seguro y protegido". 

“Al estudiar el siglo pasado la salud de los bebés atendidos en orfanatos y que habían perdido a su madre porque ésta los había abandonado o fallecido, se comprobó que muchos dejaban de comer, enfermaban y morían inexplicablemente. Se descubrió que ello se debía a la carencia de contacto y calor humanos, y que mejoraban cuando eran tocados y acariciados asiduamente”, explica la psicóloga clínica Margarita García Marqués. 

Según explica la especialista, “investigaciones más recientes han demostrado que cuando la madre sale de la habitación del recién nacido, la temperatura del niño baja un grado centígrado, lo cual demuestra la importancia de la presencia y cuidados maternos”. Para García Marqués, “desde su más temprana edad, la persona precisa del contacto con los otros a través del afecto, la ternura, la caricia, la mirada, la palabra o el gesto, para crecer, desarrollarse y sobrevivir”. 

Según la experta, los estímulos positivos o negativos, es decir las “caricias”, que recibimos de los demás son determinantes en nuestra evolución como personas, y los trabajos de numerosos psicólogos han demostrado que la falta de caricias, puede provocar en el bebé un retraso en su desarrollo psicológico y una degeneración física que le lleve a la muerte a pesar de tener el alimento y la higiene necesarios para sobrevivir. 

Cuando una persona no recibe la cantidad mínima de caricias adecuada, entra en un proceso de enfermedad y muere, y esto puede ser válido a cualquier edad, según el experto, según el cual “nacemos hombres y mujeres, pero devenimos humanos gracias a la caricia, el cuidado, el afecto, la atención, la ternura, la compasión y la gratitud” que damos y recibimos.


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