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Que hacer cuando el bebé no quiere comer

Lunes por la tarde en un centro de salud de la Comunidad de Madrid. Una pequeña de apenas dos años corretea llena de vida detrás de un improvisado amigo, mientras sus padres -madre, la de la niña; padre, el de su compañero de juegos- esperan pacientemente que les toque su respectivo turno para ver al pediatra, el doctor Ángel Carbajo.

La espera es larga, tal es la cantidad de niños cargados de virus propios en estas fechas. Y la conversación empieza a fluir. “La niña tiene fiebre, muchos mocos y, lo peor, no come... y es por eso por lo que venimos, porque ella tiene anorexia”. 

El padre del pequeño está asombrado, ¿cómo va a tener anorexia una niña de dos años? “Sí, que sí, está diagnosticada. Tiene la llamada anorexia del lactante. Y no se crea, otra niña de mi calle también la tiene, y un niño de la guardería. Es algo muy común”, señala la madre en un tono que revela que no es la primera vez que habla de ello. 

Y la mujer tiene toda la razón. La anorexia del lactante es un mal bastante frecuente entre los niños de entre cero y tres años, tanto, que es el tercer motivo de consultas pediátricas tras la fiebre y la tos.

Es un mal pasajero, que se cura con el tiempo y que no requiere un tratamiento específico en los menores. Es a los padres a los que hay que tratar, porque son ellos los que, generalmente, ocasionan ese tipo de anorexia, explica la enfermera Luz Fernández.


Pero ¿qué es la anorexia del lactante? En la Asociación Española de Pediatría (AEP) aclaran que la anorexia del lactante nada tiene que ver con la anorexia nerviosa, un trastorno grave de la conducta alimentaria que conduce a la alteración de la percepción de la propia imagen y que suele aparecer a partir de la adolescencia, aunque ya se han detectado casos a partir de los nueve años.


“La palabra anorexia lo que significa es pérdida de apetito. Solo eso. En el caso de los pequeños, hablamos de anorexia cuando dejan de comer sin que esta actitud vaya acompañada de otras sintomatologías que nos indiquen que hay enfermedad. Esa pérdida de apetito tiene que ver con el entorno que los rodea, es una forma de rechazo en muchas ocasiones al estrés de los padres o a sus obsesiones”, señala el doctor José Luis Montón, portavoz de la AEP.Según este galeno, los bebés rechazan el alimento porque advierten que con eso llaman la atención de sus padres o, por el contrario, utilizan esta fórmula para expresar su desazón ante la obsesión por la comida de alguno de sus progenitores.


“Nosotros siempre decimos que no hay niño que esté bien si los padres no están bien. Si las relaciones entre los progenitores son complicadas y tensas, o bien están estresados o agobiados por el trabajo o por el quehacer cotidiano, los niños lo advierten y actúan”.


¿Cómo? “Muchos rechazando la comida para llamar la atención”, explica el doctor Montón.


En otras ocasiones, la causa de esta falta de apetito tiene su origen en la insistencia de la madre o el padre en que el pequeño coma y engorde, que él contesta dejando de lado el alimento.


“Una madre o padre obsesionado por la comida y con el peso del niño trae consigo, en muchos casos, que el niño llegue a rechazar de plano comer”, señala Montón.


Cuando el pediatra se encuentra ante estos casos, su trabajo se centra en los padres más que en el niño. “Trabajamos con ellos tanto individualmente como en grupo, intentando hacerles comprender que la solución implica actuar con serenidad y tranquilidad, algo que no resulta nada fácil. Les explicamos que el niño está bien y que todos los datos revelan que está sano. Cuando se tranquilizan, el niño come”, señala Luz Fernández.


“El problema es que seguimos con la creencia de que un niño gordo es un niño sano, es la medida que muchos padres tienen para asegurarse de que el bebé se desarrolla bien. Y es erróneo”, indica.

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