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Los papas y los bebes enfermos

Una inmensa mayoría de los bebés son fuertes, es decir, son sanos, lo que no quita, que casi por obligación tengan que pagar el precio de ser niños, lo que implica sufrir las enfermedades propias de la primera infancia (catarros, diarreas, procesos febriles de origen vírico, etc.). 

Esto va a ocurrir con más frecuencia en el momento de la escolarización y, dado que cada vez se lleva a los niños con más anticipación a guarderías, la consecuencia lógica es un aumento de las patologías típicas de la infancia y de forma más precoz. 

APARECEN LOS FANTASMAS

El doctor Roberto Fernández de Pinedo, pediatra del servicio de Atención Primaria pública en la ciudad española de Bilbao, es autor del libro Actitud de los padres ante la enfermedad del niño, en el que aborda esta cuestión recurrente en padres no solamente primerizos. 

“Problemas que sabemos que van a ocurrir y que, cuando se trata del niño de los demás todos somos capaces de intuir que es normal que ocurra, pero que cuando le pasa a nuestro hijo aparecen los fantasmas”, dijo a Efe-reportajes el pediatra bilbaíno. 

El libro, según su autor, trata de “desangustiar”, de quitar miedos, de explicar que habitualmente los procesos son leves y con casi nula repercusión en el futuro. De diferenciar que “lo que es inoportuno, pesado, repetido o que cansa físicamente no es igual a gravedad”. 

Y también de que “no hay culpables de que las cosas son como son”. Fernández de Pinedo reconoció no obstante en la entrevista que no es incompatible el miedo con la prudencia en la prevención, no obligatoria para los padres pero sí muy recomendable. 

Por eso, en los primeros doce meses de vida, la aplicación del calendario de vacunaciones debe de ser prioritaria, así como las revisiones médicas correspondientes desde el nacimiento hasta los 14 años cumplidos. 

“Las vacunas –dijo- son una de esas cosas que ha inventado el hombre, junto con el acceso al agua potable y la eliminación correcta de las excretas, que más ha contribuido a disminuir la carga de enfermedad de los seres humanos.

Por ello los pediatras somos abanderados de las vacunas y una gran mayoría de las familias muestran una muy buena aceptación hacia ellas”. El especialista advierte, sin embargo, de que no se debe bajar la guardia en esta materia ya que en los países desarrollados, donde ya casi no se dan casos de enfermedades “de las de antes”, como la polio, difteria o el sarampión, “gracias a las vacunas precisamente”, no es infrecuente que surjan “voces antivacunas”. 

“Y si estas voces –añadió– consiguen que las coberturas bajen por debajo del 80%, no queda ni media duda de que enfermedades ya olvidadas volverán”. 

ETAPA TRANQUILA

Los protocolos de la Asociación Internacional de Pediatría aconsejan vigilar con atención el desarrollo emocional del bebé, sobre todo en sus primeros meses de vida, una etapa que debe estar impregnada de tranquilidad en el entorno básicamente. 

“En los primeros meses, y seguramente toda la vida, es bueno el contacto físico. Por tanto, masajear, acariciar y decir palabras tiernas a un bebé es lo mejor que podemos hacer por ellos, desde el punto de vista de las emociones, en esta etapa”, comenta Fernández de Pinedo. 

Paradójicamente, un bebé tiene 50 veces más probabilidades de sufrir estrés que hace 15 años, según el Estudio sobre el estrés del bebé, dirigido por Francisco Miguel Tobal, profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid y presentado el pasado abril. 

El estilo de vida actual, con "mayores exigencias" y "cambios en el modelo social y familiar", es el causante de esta mayor incidencia que, incluso, puede producirse antes del nacimiento, según la investigación.

"Las hormonas de la respuesta de activación del estrés de la madre al hijo en formación, pueden pasar al hijo en formación y durante el parto" por el propio estrés de éste, según el estudio. Entre las causas de estrés citadas por el informe, destacan la enfermedad, la falta de cuidados, la alimentación insuficiente o inadecuada, el ambiente familiar por falta de afecto o cariño, discusiones o incomunicación, así como los factores ambientales como ruidos, aislamiento, soledad u oscuridad. 

EL LLANTO 

Mientras el estudio indicó que “el llanto es la forma más habitual de expresar ese estrés, aunque también pueden hacerlo mostrando un estado de alerta elevado, irritación y alteraciones en el sueño y en la alimentación”, Fernández de Pinedo apuntó por su parte que el camino a seguir en relación con esta manifestación "debe adecuarse a la edad de la criatura". 

“Si ello ocurre los tres o cuatro primeros meses de la vida seguramente estemos hablando de uno de los famosos cólicos de lactante –precisó-, que es una situación que, sobre todo en padres primerizos, se puede convertir en una tortura y, además, llena de angustia”. 

En esas situaciones el mensaje del experto es “primero de tranquilidad y segundo probar diferentes respuestas a preguntas como ¿tiene hambre? ¿querrá succionar? ¿querrá que le estimule? ¿querrá dormir?. Hay que resaltar que el niño cuando llora en estos primeros meses de vida hay que cogerle en brazos, una cuestión que no debe malinterpretarse ni confundirse con los mimos.

¡Aquí no hay debate!”, enfatizó. En los países del Tercer Mundo donde los niños van siempre en compañía de la madre y no en cochecitos, raramente se les ve llorar, recordó el especialista. 

“Por encima de esas edades, cuando un niño llora de forma inconsolable, probablemente sea prudente en primer lugar ver si tiene fiebre y, tenga o no tenga, darle un baño o un antitérmico. 

Y si pese a ello persiste la irritabilidad, seguramente habrá que consultarlo con el médico”, agregó. La mayoría de las veces en la primera infancia la fiebre es un síntoma de un proceso infeccioso. 

“Más que de distintas clases de fiebre, hay que hablar de los diferentes “bichitos” que la provocan”, dijo el médico, quien agregó que hay “bichitos aparatosos pero leves”, que son la inmensa mayoría, y los que, ocasionalmente, pueden ser agresivos. “Para diferenciar unos de otros –dijo el experto- están los pediatras y el sentido común: probablemente esté peor un niño con 37,8 grados centígrados de fiebre, superdecaído, que uno con 39 grados corriendo por el pasillo con un triciclo”. 

Y, finalmente, como criterios de preocupación, se podrían resaltar, en los menores de dos a tres meses, la muy pobre respuesta al antitérmico, la fiebre muy elevada (superior a 39,5 grados centígrados) o la presencia de síntomas sospechosos (dolor de cabeza intenso, vómitos repetidos, somnolencia, gran decaimiento, manchas de color rojo vino en el tronco…). 

“Todos estos tipos de síntomas hacen prudente una pronta consulta con el especialista”, concluyó.

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